Notas sobre el libro "La Bestia del Gévaudan" de Pascal CAZOTTES
Robert Dumont

Cuando tuve conocimiento de la publicación de la monografía de Pascal Cazottes, confieso que mi primera reacción fue: "Otro libro sobre la Bestia del Gévaudan; ¿para qué? Ya tengo media docena".

Me equivocaba, y rectifico. Durante el verano de 2004, uno de mis amigos, de paso por el Aveyron, fue recibido en casa de Pascal Cazottes, quien le dedicó un ejemplar de su libro.

A su regreso, mi amigo insistió en prestarme ese ejemplar; estuvo muy acertado. En cuanto lo abrí, de entrada me pareció que el libro se hallaba bajo los mejores auspicios, ya que estaba prologado por François de Sarre, con quien mantengo desde hace muchos años una fructífera relación epistolar.

Lo leí de un tirón y, desde el día siguiente, mi primera preocupación fue procurarme un ejemplar "para mí", que se hizo un hueco en mi biblioteca al lado de las monografías sobre el mismo tema firmadas por Jacques Delperrie de Bayac, Xavier Pic, Gérard Ménatory, Félix Buffière y Michel Louis. El asunto de la Bestia del Gévaudan se muestra especialmente complejo y se puede tratar de diferentes maneras.
Sin dejar de lado ninguno de los múltiples aspectos del problema, Pascal Cazottes ha optado por dar preferencia al intento de identificar a la Bestia; y, desde esta óptica, ha investigado y analizado otros sucesos análogos, a los que dedica un capítulo titulado "Las Hermanas de la Bestia".

Haciendo esto, ha actuado tanto de criptozoólogo como de cronista; algo que no ocurre con ninguno de sus predecesores. Cita una quincena de casos de Bestias Misteriosas, escalonadas en Francia durante algo más de dos siglos (de 1606 a 1817); mientras que Jean-Jacques Barloy no cita más que cuatro y Gérard Ménatory, Félix Buffière y Jean-Paul Ronecker solamente tres. Uno puede imaginar qué labor tan larga y fastidiosa debe de representar esta "Ruta de las Bestias Ignoradas", recorrida a través de los recodos de los archivos; y cuán frustrante debe de ser comprobar que, a lo largo de los siglos, muchos documentos han sido destruidos.

Pero, al mismo tiempo, permite seguir soñando, pensando que estas Bestias Misteriosas, que esporádicamente sembraron el terror en nuestros campos, seguramente no aparecieron solamente en Francia, y que, de igual manera, han debido de dejar su huella en los archivos de otros países de Europa; aunque, allí también, parte de la documentación se encuentra irremediablemente perdida.

Conviene aquí abrir un paréntesis para dedicar algunas palabras al libro de Michel Louis, que cita nueve periodos escalonados en Francia, de 1421 a 1879, en el transcurso de los cuales depredadores solitarios o gregarios se habrían entregado, según las crónicas, a la antropofagia. Sólo tres de estos periodos figuran en la lista establecida por Pascal Cazottes. Por paradójica que pueda parecer a primera vista, esta divergencia se explica fácilmente, ya que ambos autores no se habían fijado el mismo objetivo.

Los dos cuentan la historia de la Bestia del Gévaudan, pero Pascal Cazottes pretende demostrar la existencia de un gran depredador desconocido; por lo tanto, solamente refiere los casos cuyas fuentes informan de similitudes fisiológicas o de comportamiento con la Bestia del Gévaudan. Mientras que uno de los objetivos que persigue Michel Louis es la rehabilitación del lobo; como anuncia sin rodeos en el prólogo y como indica el subtítulo de su libro: "La inocencia de los lobos". Era lógico, entonces, que los dos autores no se sintieran llamados por los mismos hechos.

El asunto de la Bestia del Gévaudan no se presenta tanto como un enigma sino como un mosaico de enigmas, en el que cada uno conduce a un tema de reflexión. Es innegable que, del número total de víctimas (más de 100, incluso teniendo en cuenta solamente las estimaciones más restrictivas), algunas no son atribuibles a la propia Bestia. Siendo los hombres como son, es inevitable que, cuando actúa un "asesino en serie" (sea humano o animal), algunos aprovechen la situación para ajustar cuentas personales, con la certeza casi absoluta de que dicho asesino asumirá sin problema algunas muertes de más. Igualmente, parece que, durante estos sangrientos hechos, apareció un personaje más o menos "disfrazado" de animal.

El 11 de agosto de 1765 la Bestia ataca a Marie-Jeanne Vallet, criada del cura de Paulhac. Dicho sea de paso que, para hacer esto, la Bestia se yergue sobre sus patas traseras. Sin perder la sangre fría, Marie-Jeanne Vallet la alancea en medio del pecho. La Bestia profiere un grito desgarrador y se lleva una de las patas delanteras a la herida. ¿Se ha visto alguna vez a un cuadrúpedo hacer un gesto semejante?
¿Y qué pensar de los pastores Antoine Pichot y Pierre Blanc, que afirmaban haber mantenido con la bestia combates de pancracio? El 6 de enero de 1765, dos mujeres, de camino de Escures a Fournels, son abordadas por un hombre cuya mugrienta vestimenta y extrema vellosidad les causa una gran inquietud. El 25 de abril de 1767 son cuatro mujeres las que, en las proximidades de Servilange, tienen un encuentro similar e, igualmente, destacan el estado de suciedad y la extrema vellosidad del hombre que las aborda.

Durante una noche, cuya fecha Pourcher no precisa más que situándola en mayo de 1767, un hombre desnudo y cubierto de pelo se transforma en animal ante los ojos de un tal Pailleyre, quien experimentó ante esta circunstancia un terror del que le fue muy difícil reponerse. En su libro , "La Bestia que devoraba gente", Xavier Pic rechaza estos tres episodios, que él considera cuentos. ¿Y si tuvieran una parte de verdad? Pailleyre describe como teniendo el cuerpo cubierto de pelo a este hombre que le causó tanto miedo y en el que él creyó reconocer a Antoine Chastel.

Hagamos abstracción de la metamorfosis en animal y preguntémonos si Pailleyre no vio en realidad a Antoine Chastel bañándose en un arroyo en un claro de luna; y si, como algunos han sugerido, el hombre velludo que causó, en dos ocasiones, una extrema inquietud a las mujeres, no era otro que Antoine Chastel. Y no perdamos de vista que tanto el 6 de enero de 1675 como el 25 de abril de 1767, se había señalado la presencia de la Bestia en las inmediaciones de los lugares donde tuvieron lugar estos encuentros. Antoine Chastel pasaba por pertenecer a una familia de brujos, y por ser licántropo y adiestrador de lobos; también se le atribuían varias aventuras picarescas acontecidas en su juventud, incluyendo un viaje al norte de África en el que, se decía, había sido castrado. Así pues, en virtud del proverbio según el cual "No se presta más que a los ricos", preguntémonos si Antoine Chastel no sufriría además hipertricosis, o hirsutismo, como se decía antes.

La hipertricosis puede no ser total. Se conocen casos en los que afecta al rostro, el cuello y los hombros pero no al resto del cuerpo. A la inversa, puede no tocar más que una parte del cuerpo; incluso afectar al cuerpo entero pero no al rostro, donde solamente se manifestará como una sobreabundancia de la barba y el pelo. Afectado de hipertricosis corporal, Antoine Chastel sólo tendría que disfrazarse con una máscara en forma de bestia (del tipo de las que se llevan en las festividades paganas del Solsticio), para adoptar la apariencia de un animal. Mi razonamiento está un poco cogido por los pelos, pero en un asunto en el que tantos elementos se suman, se entrecruzan y se compenetran, pienso que no se debe descartar nada.

La hipótesis propuesta por Pascal Cazottes conduce a otro tema de reflexión: si todos los testimonios coinciden en señalar a un agresor perteneciente a una misma y única especia animal, es completamente admisible que todos los ataques no hubieran sido obra de un mismo individuo. Durante ciertos periodos, probablemente bastante breves, dos Bestias pudieron actuar al mismo tiempo, lo que explicaría el don de la ubicuidad atribuido a la Bestia, capaz de manifestarse casi en el mismo instante en dos lugares alejados.

Consideremos, por ejemplo, la agresión del 22 de abril de 1765. La Bestia ataca a dos pastorcillos, pero es repelida por un robusto mozo armado con un hacha. Emprende la huida y se la ve reunirse con otra Bestia más pequeña, que, a su llegada, le olfatea la boca y le lame los labios. Al contrario que el lobo y el zorro, la Bestia del Gévaudan debía de pertenecer a una especia poco extendida. Debía de tratarse igualmente de una especie de costumbres solitarias, como el oso y la mayoría de los felinos.

Pero, por raro que sea un gran depredador, no crece como los hongos. Forzosamente, debe tener unos progenitores, lo que implica la existencia de, al menos, micro-poblaciones. Además, todo mamífero depredador solitario vive en pareja durante algunos días, en la época del celo. Y la Bestia del Gévaudan debió de encontrarse con una compañera en dos o tres ocasiones, en el transcurso de los tres años en los que cometió sus estragos. Y digo "una compañera" porque sabemos que la Bestia era un macho.

¿Hay que concluir que no se debería decir "la" Bestia del Gévaudan, sino "las" Bestias del Gévaudan? No lo creo, y ello por tres razones. Ante todo, porque la presencia conjunta de dos Bestias probablemente no se produce más que durante periodos muy breves, y como mucho dos o tres veces a lo largo de los tres años en cuestión.

Después, porque chocaría con un hecho histórico ineludible; a saber, que las muertes dejaron de contarse desde el 19 de junio de 1767, fecha en la que Jean Chastel abatió a "la" Bestia, es decir, "un único" animal. Y en último lugar porque, con el tiempo, la Bestia del Gévaudan se ha convertido en un mito; y los mitos tienen la particularidad de ser inquebrantables.
Ahora bien, esta dimensión mítica le viene dada a la Bestia en buena parte por su unicidad. Por un fenómeno de mitificación inherente a nuestra naturaleza y tan profundamente arraigado en nuestra alma que se impone sobre lo racional, imaginamos como única a esta Bestia dotada de poderes demoniacos, capaz ella sola de extender el pánico sobre un territorio que cubre la superficie de tres departamentos; de aparecer en todas partes al mismo tiempo; de evitar todas las trampas; de escapar a todas las batidas; de hacer fracasar a ejércitos de cazadores y exploradores (20.000 hombres para la batida del 7 de febrero de 1765 y cerca de 40.000 para la del 11); de tener en jaque a todos los enviados del rey; para acabar siendo abatida por un solo hombre, fulminada por una única bala; una bala moldeada en el plomo de una medalla de la Virgen y bendecida por el abate Prolhac, arcipreste de Mende.

Hay en la historia contada de esta manera una dimensión hierática que sería sacrílego profanar. La Bestia debe seguir siendo única, al igual que fueron únicos, como obtenidos a partir de un solo ejemplar, los monstruos de los cuentos derrotados por los héroes y los caballeros. Respetemos pues el mito y continuemos hablando de "la" Bestia del Gévaudan. Pero se puede ser un apasionado a la vez de la mitología y de la zoología y, según el punto de vista de esta última disciplina, admitir que, esporádicamente y, como se indicó más arriba, durante brevísimos periodos, dos Bestias actuaron al mismo tiempo. Si se admite la hipótesis propuesta por Pascal Cazottes, la eventualidad de la presencia simultánea, aunque esporádica, de dos Bestias, cae por su propio peso.

Esta hipótesis es rechazada por Michel Louis. Pero Michel Louis está tan motivado por su alegato a favor del lobo, que se aferra a ello tanto como al intento de identificar a la Bestia. Ahora bien, si se admite la existencia de dos (incluso más) Bestias, el lobo ocuparía inmediatamente el primer lugar entre los sospechosos para la opinión pública. Lo que, además, es totalmente absurdo; ya que, a vista de la conducta aberrante de la Bestia, si la fórmula "Bestia del Gévaudan" incluyese a varios depredadores, hay muchísimas más posibilidades de que se tratase de un grupo de perros asilvestrados que de una manada de lobos.

Michel Louis rememora los itinerarios de la Bestia en cinco de las jornadas más mortales, durante las cuales se mostró en varias localidades. Y demuestra que estas incursiones pueden ser llevadas a cabo dentro del plazo requerido por no importa qué gran cánido en buena condición física. Tiene razón; es muy posible. Pero aún lo es más si, durante algunas de estas jornadas (no necesariamente todas) dos depredadores atacaron al mismo tiempo.

Otro tema de reflexión: parece que la Bestia (o una de las Bestias, si hubo varias) estaba adiestrada para atacar al hombre. Las agresiones contra animales domésticos se cuentan con los dedos de una mano, mientras que contra humanos superan ampliamente el centenar.
De manera general, los grandes mamíferos depredadores optan se muestran partidarios del mínimo esfuerzo, algo que parecen ignorar nuestros cándidos ecologistas, que no habían previsto las consecuencias que tendría sobre el ganado la reintroducción del lobo.

¿Por qué, en efecto, lanzarse a la agotadora persecución de un ciervo o de un corzo, o enfrentarse a la combatividad de un jabalí, cuando es tan sencillo apoderarse de una oveja? Ahora bien, parece que aquí tenemos a un depredador al que el ganado parece dejar indiferente, y que da la impresión de que considera al hombre como su presa predilecta. Observemos en particular la agresión del 8 de abril de 1765, en el transcurso de la cual la Bestia, para dar alcance a una pastora, se abre paso a través de un rebaño de ovejas, sin hacerles el menor mal, limitándose a apartarlas de su camino sólo con la fuerza de su hocico; mientras, cualquier otro depredador "conocido" se habría apoderado sin más de la oveja más próxima.

Este tipo de comportamiento recuerda enormemente al del tiburón, que, surgiendo en medio de una multitud de bañistas, fijará su mirada sobre uno de ellos, y sólo sobre ese. Y si la víctima elegida consigue escapar, la perseguirá sin prestar atención a las demás personas, todas las cuales constituyen presas en potencia, pero que, paradójicamente, en ese preciso instante no corren ningún peligro.
Tal comportamiento fue puesto en escena por Steven Spielberg en "Tiburón", donde vemos al gran tiburón blanco, en cierto modo obnubilado por la víctima que ha elegido, pasando a un metro del hijo de Brody, petrificado de espanto, como si no hubiera advertido su presencia. Pero la Bestia del Gévaudan no era un tiburón; era un mamífero depredador terrestre.

Naturalmente, es con el de un mamífero depredador terrestre con el que tenemos que comparar su comportamiento. Existe un caso análogo que saltó a los titulares, hace algo menos de treinta años; el de la Bestia de los Vosgos, sobre el que regresaré. El asunto duró menos de diez meses y el balance se elevó a 300 animales domésticos agredidos (por no hablar de los animales salvajes; ciervos y venados); pero ningún ser humano fue atacado.

Sin duda alguna, la hipótesis de un animal doméstico, o de un animal salvaje "manipulado", entrenado para atacar al hombre, parece la más convincente.
Y lo sería, si la Bestia del Gévaudan constituyera un caso único. Pero están en 1632-33 la Bestia de Calvados (30 personas asesinadas); en 1655 las Bestias del Gâtinais (300 personas asesinadas); en 1669 la Bestia del bosque de Fontainebleau (150 personas asesinadas); en 1693-94 la Bestia del Benais (72 personas asesinadas); en 1731-34 la Bestia del Auxerrois (28 personas asesinadas); etc…

¿Se puede sostener razonablemente, como subraya Pascal Cazottes, que en todos estos casos de Bestias Misteriosas, se trataba de animales domésticos o de animales salvajes manipulados, entrenados para atacar al hombre? Por supuesto, es muy posible que los informes sólo se refieran a víctimas humanas e ignoren las depredaciones cometidas sobre el ganado.

Sin embargo, parece claro que, en todos estos casos de bestias misteriosas, las agresiones a seres humanos han sido incomparablemente más numerosas que las depredaciones (la mayoría de las veces colectivas) cometidas por depredadores identificables y "habituales", tales como el lobo. ¿Hay que pensar que se trataba de animales recurrentes de una especie para la que el hombre constituía, si no su alimento básico, al menos una presa predilecta? ¿Y que, en consecuencia, la Bestia del Gévaudan no habría sido entrenada exactamente para atacar al hombre, sino que quien o quienes la teledirigían no habrían hecho sino exacerbar una tendencia natural?

Estos tres años de terror, de carnicería y de desolación, que asolaron el Gévaudan, recuerdan irremediablemente la siniestra sombra del "devorador de hombres", compañero inseparable de los relatos de exploradores de nuestra infancia, y el mito del tigre que una vez que saborea la carne humana, se aparta desde entonces de toda otra carne.

De una forma algo arbitraria, los devoradores de hombres (leones, tigres y leopardos) se pueden clasificar en dos categorías. En primer lugar, están los animales de cierta edad, que han perdido parte de sus fuerzas, su viveza y su resistencia; en ocasiones, también disminuidos como consecuencia de una herida. Para estos, es incomparablemente más fácil atacar a un ser humano (en particular, si se trata de una mujer o de un niño) que forzar a la carrera a un ciervo o una gacela.

Además, para los carnívoros con dientes sueltos (en ocasiones, incluso parcialmente desdentados), la piel humana es infinitamente más fácil de desgarrar que el cuero de los búfalos, las cebras y los antílopes. Pero muchas fuentes informan igualmente de leones, tigres y leopardos, para nada debilitados por la edad o disminuidos por una herida, que de alguna manera se habían especializado en agredir a seres humanos.

Por no citar nada más que un ejemplo, los célebres leones devoradores de hombres de Tsavo, que en 1898 hicieron estragos entre los obreros encargados de la construcción de las vías férreas antes de ser abatidos por el coronel Patterson, era animales vigorosos en la flor de la vida.
Aunque más numerosos de lo que generalmente se cree, leones, tigres y leopardos convertidos a la antropofagia sólo constituyen una minoría. Es obra de unos cuantos individuos; mientras que parece que la antropofagia era la regla general entre la especie a la que pertenecían la Bestia del Gévaudan y las Bestias Misteriosas que fueron el origen de una quincena de asuntos similares.

Esto nos lleva claramente al intento de identificar a la Bestia. Y, si admitimos que estaba adiestrada para atacar al hombre y teledirigida, el problema es doble: identificar al animal, lo que es competencia del zoólogo; e identificar al o a los que la manipularon (y que son los verdaderos culpables de un centenar de muertes), lo que es tarea del historiador.

Aunque solamente el aspecto zoológico del problema es objeto del presente texto, me parece conveniente decir algunas palabras sobre dos autores que han propuesto una explicación en la que no hay lugar para la zoología (al menos la zoología "clásica"). Estos dos autores son el abate Pourcher y el doctor Puech. Para el abate Pourcher, la Bestia no era un animal perteneciente a una especie determinada, sino más bien un monstruo único en su género, enviado por el Cielo para castigar a los habitantes de la región por sus pecados.

Habría que creer entonces que en el Gévaudan y en Auvernia se pecaba mucho más que en el resto de Francia; por otro lado, si tenemos en cuenta que la mitad de las víctimas eran niños, podríamos preguntarnos si el castigo divino no se habría equivocado un poco de objetivo. No seamos demasiados severos con el abate Pourcher; después de todo, su libro, "Historia de la Bestia del Gévaudan, verdadera plaga de Dios", "Historia de la Bestia del Gévaudan, verdadera plaga de Dios", publicado en 1889, y que es un ladrillo de mil páginas, constituye una especie de Biblia sobre el tema y ha evitado a muchos investigadores posteriores perderse entre los bosques de archivos. Para el doctor Puech, "¿Qué era la Bestia del Gévaudan?" (1910), es muy sencillo: la Bestia nunca existió. Los asesinatos fueron obra de un sádico loco, ayudado por secuaces que, para realizar el engaño, se disfrazaban con pieles de animales.

Que se puedan decir sin reír semejantes barbaridades es algo que escapa a la razón. Porque la Bestia no solamente mató a más de cien personas, sino que hirió a otras cuarenta, que solamente se salvaron porque fueron socorridas in extremis, y a costa de terribles heridas, en ocasiones mutilaciones. Y, en el transcurso de estos tres años, tanto de entre los que fueron atacados como de entre los que los socorrieron poniendo a Bestia en fuga, no hubo ninguno que afirmara que el agresor fuera un ser humano y no un animal.

Un ser humano que, además, debería haber estado dotado de unas singulares mandíbulas, si tenemos en cuenta la gravedad de las mordeduras, que en algunos casos resultaron mortales en varias víctimas arrebatadas a la Bestia. Cuando se tiene conocimiento de que el doctor Puech era profesor adjunto en la Universidad de medicina de Montpellier, se puede empezar a imaginar qué prodigioso émulo de Diafoirus padre e hijo habría podido inspirar a Molière

Es cierto que he afirmado más arriba que en el transcurso de estos tres sangrientos años probablemente se hubiera manifestado un ser humano vestido de animal. Esto no quita que en la inmensa mayoría de los ataques, como lo refrendan cientos de testimonios, el agresor fuera un animal.

Los intentos por identificar a la Bestia han dado lugar a una decena de hipótesis. Dado que se han eliminado aquellas que son inadmisibles (gran felino, glotón, gran babuino, cuando no un simio antropoide), quedan en liza entre los animales conocidos cuatro candidatos: el lobo, el oso, la gran hiena manchada y un "perro-lobo" en el sentido original del término, o sea, un cánido resultado de un cruce entre representantes de las dos especies.

La hipótesis del lobo (defendida por François Fabre, Xavier Pic, Jacques Delperrie de Bayac, Guy Grouzet y Félix Buffière) no es creíble. Y ello por una única razón: centenares de testimonios afirman que no se trataba de un lobo. Estos testimonios procedían de habitantes de la región, acostumbrados a ver lobos durante todo el año, así como a defender su ganado de ellos. Además, Martin Denneval, Cazador de Lobos Mayor de Francia, que contaba con 1.200 lobos cobrados entre sus trofeos de caza, llegó al convencimiento de que la Bestia no era un lobo, idea que luego nunca abandonaría.

Aún menos creíble que la hipótesis del lobo es la del oso. Porque si la Bestia se diferenciaba del lobo, lo hacía aún más del oso. Además, como han subrayado Pascal Cazottes y algunos autores antes que él, los osos hibernan. Mientras que la Bestia golpeaba a lo largo de todo el año, independientemente de los cambios de estación. La hipótesis de la gran hiena manchada tiene dos versiones. La primera habla de una hiena que se habría escapado de un zoológico ambulante, instalado en Beaucaire en época de ferias. Si la Bestia fuera un hiena, sólo habría podido ser una gran hiena manchada (Crocuta Crocuta) y no una hiena rayada (Hyaena hyaena) ni una hiena parda (Hyaena brunnea).

Un gran mamífero depredador salvaje (hiena manchada u otra), nacido en cautividad y, por tanto, acostumbrado al hombre y que no le teme, brutalmente devuelto a la naturaleza en edad adulta, ¿podría tener como comportamiento no atacar nada más que al hombre? Opino que no es del todo inconcebible. Pero, en cualquier caso, la candidatura de la hiena no es admisible, ya que el animal abatido por Jean Chastel tenía 42 dientes y las hienas sólo tienen 34, incluso a veces sólo 32.
La segunda versión sobre la hiena debe centrar toda nuestra atención, ya que está defendida por Gérard Ménatory, veterano especialista en mamíferos y naturalista de campo. Gran conocedor de los lobos (había criado un centenar de ellos en semi-libertad en el parque que había creado en Lozère), les dedicó dos excelentes obras: "La vida de los lobos" (1969) y "El Lobo, del Mito a la Realidad "(1987). Entre ambos, en 1984, publicó su libro sobre la Bestia del Gévaudan.

Este libro es, salvo equivocación por mi parte, el primero sobre el tema escrito por un autor con profundos conocimientos zoológicos. Tanto como Michel Louis (quizás aún más), Gérard Ménatory se marcó como objetivo la rehabilitación del lobo. Pero, mientras que el libro de Michel Louis es un modelo de claridad, el de Gérard Ménatory se resiente de una construcción un tanto confusa.
El autor se empeña en demostrar que la Bestia era una gran hiena manchada, traída del norte de África por Antoine Chastel y entrenada por él para atacar al hombre; hipótesis que toma prestada de uno de sus predecesores, Abel Chevalley, cuyo libro, en su primera edición, se publicó casi medio siglo antes (1936). Gérard Ménatory no ignora, por supuesto, que el animal abatido por Jean Chastel en el bosque de Tenazeyre no podía ser una hiena, lo que le lleva, para sostener su hipótesis, a elaborar un escenario cuyas extrapolaciones alcanzan por momentos la mala fe. Este escenario es el siguiente:

Era necesario que Jean Chastel albergara una confianza inquebrantable en su habilidad para haber previsto solamente tres balas para enviar a la otra vida a un hombre y dos fieras. Ahora bien, no dudemos en decirlo, este escenario es totalmente gratuito. Gérard Ménatory se enreda en una sucesión de incoherencias y da la impresión de encontrarse prisionero de una historia rocambolesca que se ha inventado completamente y que acaba por superarle. Examinemos los tres puntos principales de este escenario.

  1. El animal abatido por Jean Chastel en el bosque de Tenazeyre no es la Bestia, sino un simple lobo. No puede ser la Bestia (si se admite que esta era una hiena), ya que su dentadura no es la de un hiénido. Sin embargo, cuando Gérard Ménatory afirma que se trataba de un lobo, se contradice con el informe realizado, en presencia del cadáver del animal, por el Sr. Marín, notario real y alguacil de la abadía de Chazes (informe al que volveremos más adelante), así como con los numerosos testimonios de aquellos que tuvieron ocasión de ver a la Bestia, viva o muerta.
    Y si se obstina en designar con el nombre de "lobo" al animal muerto en el bosque de Tenazeyre, es para respetar el escenario que ha construido y que requiere que la "verdadera" Bestia fuera matada en los alrededores, el mismo día, la víspera o el día siguiente. Desde este punto de vista, el animal del bosque de Tenazeyre tenía que ser el más común de los depredadores susceptibles de ser encontrados en Francia en el siglo XVIII; es decir, un lobo.
  2. La "verdadera" Bestia, la hiena traída desde el norte de África por Antoine Chastel, habría sido abatida por tanto en las cercanías aproximadamente en la misma fecha. Esta afirmación es totalmente gratuita y Gérard Ménatory no aporta ni la más mínima prueba para sostenerla.
  3. A continuación, Jean Chastel también abate a su hijo Antoine. Sin embargo, once años más tarde Antoine sigue funcionando de maravilla, ya que, como certifican los registros parroquiales, con fecha de 28 de enero de 1778, se casó con una tal Catherine Charitat. Como curiosidad, apuntar que incluso le hizo seis hijos, cosa que, para un hombre que se decía que había sido castrado en su juventud, constituye una proeza aún más asombrosa que la dosis de maldad que hay que administrar para transformar a un animal que no quería nada con nadie, en un precursor de Remrick Williams, Joseph Vacher y Jack el Destripador.

Podemos preguntarnos igualmente a qué aberración se debe que un autor como Gérard Ménatory, teniendo unos sólidos conocimientos sobre los mamíferos y, en particular, sobre los carnívoros, hiciera suya la hipótesis de la hiena. Porque nada en la gran hiena manchada cumple con las particularidades que subrayan las diferentes descripciones de la Bestia.

Miren de perfil una gran hiena manchada. Su cuello es largo. De entre los grandes fisípedos, constituye una de las especies cuyo cuello es proporcionalmente el más largo. Mientras que la Bestia es descrita teniendo "el cuello ancho y extremadamente corto". En la hiena manchada (más aún que en los otros dos tipos de hiena), la cruz está realzada; lo que implica una línea dorsal descendente y hace parecer los miembros anteriores más largos que los posteriores.

Mientras, la Bestia es descrita teniendo "las patas de delante bastante bajas", e incluso "… es baja de los patas de delante", así como "tiene las patas de delante mucho más cortas que las de atrás". Las patas de la hiena manchada (como las de la hiena rayada) son patas para correr en llano, al igual que las del lobo, y son más dadas a la velocidad que a la potencia. Sin embargo, la Bestia es descrita teniendo unas patas "muy fuertes con garras de un dedo de longitud", o "unas patas extremadamente gruesas y armadas con unas garras formidables", o incluso unas patas "tan fuertes como las de un oso". La cola de la hiena manchada es corta, más corta y menos tupida que la de las otras dos hienas.
Ahora bien, todas las descripciones concuerdan en atribuir a la Bestia una cola larga y muy tupida: "la cola extremadamente gruesa, tupida y larga", o "la cola larga como la de un caballo, muy tupida", o incluso "la cola gruesa como el brazo".

Se dice que, de entre las víctimas de la Bestia, unas quince fueron decapitadas. La enorme potencia de las mandíbulas de la hiena manchada es ciertamente capaz de aplastar las vértebras cervicales humanas. Sin embargo, ¿tienen estas mandíbulas la suficiente longitud como para "encajar una cabeza" (por utilizar la expresión de Pascal Cazottes) y realizar una decapitación?
Se puede poner en duda. Pero Gérard Ménatory afirma que las decapitaciones propiamente dichas fueron efectuadas por Antoine Chastel, cuando se hallaba en las inmediaciones cuando la Bestia mataba. También es el punto de vista de Michel Louis; lo cual nos conduce a este autor, cuya obra, una de las más completas e inspiradas de entre las dedicadas a la Bestia, fue publicada en 1992 y reeditada en 2001, coincidiendo con el estreno en las pantallas de la película de Christophe Gans "El Pacto de los Lobos". Al igual que Gérard Ménatory, Michel Louis, fundador del parque zoológico de Amneville, es un zoólogo con experiencia y naturalista de campo.
Para él, la Bestia sería el resultado del cruce de un lobo y una perra, la cual habría sido entrenada para atacar al hombre por Antoine Chastel, a sueldo del vizconde Jean-François-Charles Morangiés, vicioso y corrompido metido hasta el cuello en depravaciones. Lo que hace que tengamos dos sádicos en lugar de uno. "Sádicos", por otra parte, anticipándose a la propia palabra, ya que en la época de la Bestia del Gévaudan el "divino marqués" aún no había hecho estragos en el campo de la literatura.

Michel Louis se dedica, entre otras cosas, a explicar la invulnerabilidad de la Bestia; característica tan incómoda que algunos autores pasan sobre ella en silencio y que Gérard Ménatory da a entender que él la considera una majadería. Según Michel Louis, la Bestia llevaba una coraza de piel de jabalí; hipótesis que ya había propuesto Raymond-François Dubois en su libro "Vida y muerte de la Bestia del Gévaudan" (1988).

Explicación que no tiene nada de inverosímil, y cuando Gérard Ménatory escribe: "Esta extraña Bestia parecía cubierta de un chaleco antibalas", pasa por alto el hecho de que, desde la Antigüedad hasta el siglo XVI, se utilizaron perros de guerra que, efectivamente, llevaban una coraza. Este tipo de armadura protege la espalda y los costados, pero no la cabeza ni el pecho. Cuando la Bestia era acuchillada en un costado, la hoja no penetraba. A diferencia de la Bestia de los Vosgos, a la que nunca acertaron, ni siquiera los francotiradores, la Bestia de Gévaudan recibió una quincena de disparos.
Cada vez que acusaba el impacto cayendo o rodando, después se levantaba y continuaba su marcha. Y es de destacar que, siempre que era rechazada mediante arma blanca, era únicamente cuando los golpes alcanzaban la cara o el pecho. Y, de hecho, es en el pecho donde el 11 de agosto de 1765 recibió la célebre cuchillada, que se pensó durante un tiempo que había sido mortal. Pero, ¿era esta la Bestia a la que hirió ese día la heroica Marie-Jeanne Vallet?
En cuanto al disparo de fusil de Jean Chastel, fue hecho de frente y, según el atestado del cirujano Antoine Boulanger, "la bala atravesó el cuello, seccionó la tráquea y rompió el hombro izquierdo". Pero, de todos modos, este 19 de junio de 1767, la Bestia, por alguna misteriosa razón que quizás haga correr aún mucha tinta, no llevaba la coraza.

El libro de Michel Louis es, reitero, uno de los mejores de entre los que se han dedicado al enigma del Gévaudan. Y da la impresión, no de que omita los otros casos de bestias misteriosas, sino de que, más bien, no los tiene en consideración más que en el contexto de su propósito de absolver a los lobos. Dejando provisionalmente a un lado el tema de la coraza, que muy probablemente la Bestia del Gévaudan fue la única en llevar.
Si aceptamos la hipótesis de Michel Louis, según la cual la Bestia era el resultado del cruce entre un lobo y una perra, nos encontramos ante un problema análogo al que plantea el animal entrenado para atacar a los humanos. ¿Es razonable suponer que en todos los casos de Bestias misteriosas y antropófagas, se trataba de cruces de perro y lobo? Aquí es donde radica la cuestión y es sobre este punto donde el libro de Pascal Cazottes se muestra fundamentalmente distinto a todos los que lo precedieron.

Y me inclino a pensar que la clave del enigma (me refiero al enigma zoológico, es decir, la identificación de la Bestia) se encuentra en parte en el libro de Pascal Cazottes y en parte en el de Michel Louis. Pascal Cazottes propone la hipótesis de una especie que no catalogada por la ciencia (al menos en estado viviente); un gran depredador inclinado por naturaleza a ver en el hombre una presa predilecta. Esta especie estaría en el origen de los diferentes episodios de Bestias misteriosas, que durante siglos han saltado a los titulares de vez en cuando y destacaron por numerosos casos de ataques a humanos y de antropofagia.
Si la Bestia del Gévaudan hubiera pertenecido a esta especie, su propensión natural a atacar a los humanos se habría visto exacerbada por quién la manipuló y luego la dejó libre en la naturaleza. De entre todas estas Bestias, la Bestia del Gévaudan sería la única en haber sido teledirigida; y solamente ella habría llevado coraza (hipótesis propuesta por Raymond-François Dubois y retomada por Michel Louis). Se puede manipular un lobo, así que ¿por qué no cualquier otro mamífero carnívoro? Es posible cubrir con una coraza un perro de guerra, así que ¿por qué no cualquier otro mamífero carnívoro?

¿Por qué razón ninguno de los autores de monografías sobre la Bestia del Gévaudan que han precedido a Pascal Cazottes consideró la hipótesis de un animal expresamente desconocido? Porque todos se ocuparon de este enigma zoológico como si de un caso único se tratara.
Los que citaron casos análogos lo hicieron, bien a título puramente anecdótico (Félix Buffière), bien en el curso de un proceso llevado a cabo paralelamente al intento de identificación de la Bestia: la rehabilitación del lobo (Gérard Ménatory, Michel Louis). Un poco al margen se sitúan Jean-Jacques Barloy y Jean-Paul Ronecker, en el sentido de que ninguno de estos dos autores ha escrito (al menos hasta ahora) una monografía sobre la Bestia del Gévaudan. Cada uno de ellos ha publicado varios libros concebidos en forma de recopilaciones de animales enigmáticos, desde el yeti a la serpiente marina, pasando por la supervivencia de los dinosaurios y del megalodón.
Es desde este punto de vista desde el que han tratado a la Bestia del Gévaudan, y ambos citan como casos similares las bestias del Auxerrois, el Vivarais, el Calvados ... etc, pero sin llegar a elaborar una síntesis orientada a hacer de todos estos animales los representantes de una misma especie; una especie desconocida en estado viviente para la zoología oficial.
En un libro concebido en la misma línea que los de Jean-Jacques Barloy y Jean-Paul Ronecker, Richard Nolane habla de la Bestia de Gévaudan como de un caso único, y propone una explicación calcada a la propuesta por Michel Louis. En su libro "Animales míticos y monstruosos", Eric de Goutel e Yves Verbeek consideran también a la Bestia del Gévaudan un caso único. Y concluyen el capítulo dedicado a ella de la siguiente manera: "Nadie ha sabido nunca muy bien lo que era la Bestia; tal vez un descendiente de los lobos-hienas de tiempos prehistóricos".
No hay nada más molesto que esas frases huecas que consisten en aparentar decir mucho, enunciando con tono lapidario un tópico supuestamente rico en matices. ¿Qué es lo que Eric de Goutel e Yves Verbeek entienden exactamente por "lobos-hienas"? Y si la Bestia era un "descendiente" de una especie de "tiempos prehistóricos" (otra frase muy vaga), seguramente no desciende de ella por obra del Espíritu Santo. La existencia de un solo individuo implica necesariamente la de una línea ininterrumpida de progenitores desde esos famosos "tiempos prehistóricos" hasta la segunda mitad del siglo XVIII; y, en consecuencia, la existencia de micro-poblaciones. En una palabra, la existencia de una especie no catalogada. Entonces, ¿por qué no llevar el razonamiento hasta el final?

La cuestión está aún más distorsionada por el hecho de que el caso de la Bestia del Gévaudan es el único del que poseemos una documentación extensa e informes detallados. Mientras, todo lo que sabemos sobre los otros casos análogos apenas alcanza para recopilar material para un libro.
Naturalmente, es tentador, además de perfectamente legítimo, no escribir más que solamente sobre la Bestia del Gévaudan. Pero hay que ser conscientes de que al hacerlo se oculta la verdadera dimensión zoológica del problema y de que se corre el riesgo de caer en el mismo error que los que hablan del misterio del Monstruo del lago Ness como de un caso único; ya que se ha informado de animales similares no sólo en otros lagos de Escocia, sino también en lagos de Irlanda, de Escandinavia y de América del Norte, así como en sistemas lacustres del hemisferio austral y, por supuesto, en los océanos. Los autores, que han tratado el enigma zoológico planteado por la Bestia del Gévaudan como un caso aislado, han tratado de identificar "un individuo", dando por supuesto que el individuo en cuestión sólo podía pertenecer a una especie conocida.
Mientras que, al situar el enigma del Gévaudan en el contexto de otros quince casos análogos, Pascal Cazottes ha tratado de identificar "una especie". Es la razón por la que su libro es, como se señaló anteriormente, fundamentalmente diferente a los de otros autores. Esta es también la razón por la que su enfoque cae en el campo de la criptozoología, algo que no se da en ninguno de sus predecesores.

"Bien podría ser un lobo, pero desde donde alcanza la memoria nunca se ha visto un lobo actuar así". Así podría resumirse, grabada en un rincón de la sabiduría popular, la opinión de los habitantes de Auvernia y del Gévaudan, después de haber tenido la oportunidad de contemplar el animal muerto por Jean Chastel. Opinión corroborada por el Sr. Marin, quien, con el mismo sentido común, señaló de una forma muy descriptiva que el animal no se asemejaba realmente a un lobo nada más "que por la cola y la parte trasera".
Notemos en primer lugar, con una cierta sorpresa (por no decir una cierta decepción), que la Bestia, cuya sucesión de sangrientas hazañas nos hacía imaginarla con la apariencia de un verdadero monstruo, está lejos de alcanzar un tamaño extraordinario. Su longitud, desde el hocico hasta la punta de la cola era de 3 pies 8 pulgadas (1 metro 19 cm). Su altura a la cruz era de 2 pies 5 pulgadas (78 centímetros) y su peso de 109 libras. No faltan los lobos que superan este peso y estas dimensiones.

Las observaciones registradas por el Sr. Marin (quien afirma de pasada que la Bestia era un macho), a las que se suman las de otros testigos, nos revelan en primer lugar cinco particularidades "... los ojos de color cinabrio tienen una singular membrana que sale de la parte inferior de la órbita y que recubre el globo ocular a voluntad del animal". El color del pelaje es predominantemente rojizo. "... las costillas están dispuestas de tal manera que permitían a la Bestia darse la vuelta por completo fácilmente, mientras que las costillas de los lobos, al estar colocadas oblicuamente, no les permiten esta facilidad". "... la cabeza es monstruosa. La abertura de la boca es de 7 pulgadas (19 centímetros), la mandíbula es de 6 pulgadas (16 centímetros)" "... las patas están provistas de grandes garras, mucho más largas que las de los lobos normales. Las patas son muy anchas, sobre todo las delante".

1 - La primera de estas observaciones se refiere a una membrana del ojo que el Sr. Marin califica de "singular". No puede tratarse más que de la membrana nictitante, o tercer párpado, de la que nuestra especie conserva un recuerdo, en forma de una pequeña carúncula en el ángulo interno del ojo. Presente en varias clases de vertebrados, tan diferentes entre sí como los condrictios y los pájaros, la membrana nictitante se encuentra también en varios órdenes de mamíferos, en particular carnívoros. No tiene nada de sorprendente, por tanto, que la Bestia estuviera provista de ella. El relajamiento muscular post mortem probablemente la había desplegado parcialmente.


2 - La segunda observación (el pelaje rojizo) es más sorprendente; este color sería insólito si la Bestia hubiera sido un lobo. Insólito, pero no inverosímil. Un lobo podría sufrir eritrismo o rutinismo (pelaje predominantemente rojizo) que, menos frecuente que el melanismo (pelaje predominantemente negro) y la leucismo (pelaje predominantemente blanco), no obstante se da en los fisípedos. El eritrismo es relativamente común en el oso negro y se ha constatado en el tigre. Pero, como de todas formas, la Bestia no era un lobo...


3 - La tercera observación, relativa a las costillas, es demasiado vaga como para permitir un análisis. Sólo podría tomarse en consideración si la Bestia hubiera sido disecada y comparada con un esqueleto de lobo. A pesar de su imprecisión, confirma no obstante las demás observaciones del Sr. Marin y de todos los que pudieron ver a la Bestia, viva o muerta; a saber, que no estaba "hecha" como un lobo. Lo mismo sirve para las dos últimas observaciones: el aspecto monstruoso de la cabeza y la potencia de las patas delanteras. Consideradas aisladamente, estas características no son muy determinantes, pero combinadas esbozan el retrato de un animal que difiere de lo que conocíamos sobre la fauna mamífera de Europa occidental.

Qué era la Bestia de Gévaudan, los testigos de la época lo ignoraban (igual que nosotros lo seguimos ignorando). En la incapacidad para decir lo que era, dijeron, a contrario, lo que no era. Nuestra mente trabaja de tal manera que somos incapaces de describir un animal que nos es desconocido si no es haciendo referencia a animales que sí nos son conocidos.
Y, como de entre todos los animales conocidos por los habitantes de Auvernia y el Gévaudan del siglo XVIII, es el lobo al que la Bestia más se aproximaba, es naturalmente subrayando lo que los diferenciaba como trataron de bosquejar su retrato.

Con todo, para tratar de identificar a la Bestia más de dos siglos después de los hechos, solamente tenemos dos informaciones significativas desde el punto de vista de la sistemática. Uno fue obtenido del cadáver del animal abatido por Jean Chastel: la dentadura. El otro resulta de las observaciones del comportamiento de la Bestia mientras estaba viva: su capacidad para erguirse sobre las patas traseras para luchar o para adentrarse en extensiones de agua.
Lo que lleva a pensar que era un semi-plantígrado. De estas dos informaciones, los autores anteriores a Pascal Cazottes sólo tuvieron en cuenta generalmente la primera; especialmente, los defensores de la hipótesis del lobo, que hicieron de la dentadura su caballo de batalla. Sin embargo, la segunda información es igualmente reveladora y es a partir de la suma de las dos como Pascal Cazottes construye su análisis. Veamos estas dos informaciones; en primer lugar, la dentadura. No sólo sabemos que el animal abatido por Jean Chastel tenía 42 dientes, sino que también conocemos los detalles de la fórmula dentaria.
El informe elaborado por el Sr. Marin indica: "La mandíbula superior está dotada de 6 incisivos, 2 grandes ganchos y 6 molares a cada lado, o sea, 20 dientes. La mandíbula inferior está dotada de 22 dientes, a saber, 6 incisivos, 2 ganchos similares a los superiores y 7 molares a cada lado."

Teniendo en cuenta que el término "ganchos" se refiere a los caninos y que en el siglo XVIII no se distinguían los premolares de los molares, a partir de la fórmula dentaria descrita por el Sr. Marin, se puede descartar automáticamente a la Bestia de cualquier familia de fisípedos a excepción de los úrsidos y los cánidos. Los félidos tienen 30 dientes, a veces sólo 28; los hiénidos 34, a veces sólo 32; los mustélidos 34, 36 o 38; los prociónidos 36 o 38; los vivérridos 40. Una dentadura de 42 dientes es privilegio de los úrsidos y la mayoría de los cánidos, a excepción de algunas especies muy particulares, como el cuón, el perro de monte y otoción.
Veamos ahora a los semiplantígrados. Los mamíferos carnívoros terrestres pueden ser:

Al tratar de clasificar dentro de este esquema a las siete familias de fisípedos representadas actualmente, parece que los félidos, los cánidos y los hiénidos son todos digitígrados, y que los úrsidos son todos plantígrados.
En lo que respecta a las otras tres familias, la clasificación dista de estar tan clara. Mustélidos y prociónidos cuentan entre sus filas con semiplantígrados y plantígrados; en cuanto a los vivérridos, dentro de su diversidad reúnen las cuatro opciones. A propósito de estas cuatro opciones, los mastozoólogos utilizan el término "paso"; y con razón, ya que las cuatro opciones descritas anteriormente designan tanto como la forma de andar como la conformación de las patas.
Forma de andar y conformación de las patas, las cuales a su vez están vinculadas a una serie de factores, tales como que las garras sean parcial o totalmente retráctiles, o no retráctiles, o, incluso excepcionalmente, la presencia de membranas interdigitales. En los mustélidos, los prociónidos y, sobre todo, los vivérridos, el paso es más un carácter específico que de la familia, tanto más cuanto estos tres grupos albergan un cierto número de especies arborícolas que no adoptan el mismo tipo de progresión cuando se desplazan por una rama horizontal que cuando deambulan por el suelo.
Este es particularmente el caso de mayor y más insólito de los vivérridos, el binturong de Asia oriental que, a causa de su cola prensil, fue clasificado en un principio entre los prociónidos. En otras especies, la distinción entre semidigitígrado y semiplantígrado resulta ser tan dudosa que varios autores han llegado a considerar ambos términos como intercambiables.

Para mostrarse capaz de erguirse sobre las patas traseras y, en esta postura, pelear o adentrarse en una extensión de agua, la Bestia sólo podría ser semiplantígrada.
Ahora bien, hay dos formas de ser semiplantígrado para los fisípedos: la condición de semiplantígrados practicada por los mustélidos y los prociónidos, que consiste en no apoyar sobre el suelo el extremo posterior de las plantas. La condición de semiplantígrados practicada por algunos vivérridos contemporáneos (Nandinia binotata) y algunas formas extintas de fieras de dientes de sable (Homotherium), que se aplica solamente a las patas traseras, siendo las anteriores digitígradas o semidigitígradas. Cualquiera que fuera la condición de semiplantígrado específica de la especie a la que pertenecía la Bestia del Gévaudan, no concuerda ni con la de los cánidos contemporáneos conocidos (todos digitígrados), ni con la de los úrsidos contemporáneos conocidos (todos totalmente plantígrados). Nos hallamos, por tanto, ante una incompatibilidad entre la conformación de las extremidades y la dentadura.
Dado que la zoología no ofrece ninguna solución al problema, Pascal Cazottes se ha dirigido a la paleontología, suponiendo que el "culpable" podría ser el descendiente de una familia (o subfamilia) considerada oficialmente extinta. En la bibliografía de su libro cita el Tratado de Paleontología publicado bajo la dirección de Piveteau (tomo VI, volumen 1), y es en este libro, cuyo capítulo sobre los carnívoros ha sido redactado por el propio Profesor Piveteau, donde encontramos la pista.
Esta pista se halla en el seno de una gran variedad de formas, de las que el autor subraya la multiplicidad y capacidad para ramificarse, y se manifiesta en el grupo de los "perros-osos" (amphicyones y hemicyones), de entre los que Pascal Cazottes propone el género Hemicyon, ya que ofrece las características que más se aproximan a lo que sabemos de la Bestia del Gévaudan. La reconstrucción que se presenta de él en su libro está ilustrada por un dibujo del artista especializado en animales Graham Allen.
Una reproducción de esta ilustración se encuentra en la obra colectiva "Enciclopedia de los Dinosaurios y Animales Prehistóricos", editada en Londres en 1988, de la que Bordas publicó una versión en francés en 1990, con el título de "Los Animales Prehistóricos". Se la puede considerar prácticamente exacta, ya que el género Hemicyon es conocido gracias a fósiles casi completos.

Observemos el animal reconstruido por Graham Allen. Notemos su silueta de corredor de fondo; su enorme cabeza y sus mandíbulas fuertes y alargadas, de tamaño suficiente como para "encajar una cabeza humana" y, probablemente, para llevar a cabo una decapitación sin la participación de una persona que remate la operación; su musculoso cuello, su pecho compacto y sus patas robustas, las anteriores más cortas que las posteriores. Características todas ellas que se encuentran en las descripciones de la Bestia, a través de muchos testimonios. Un punto que me preocupa: la conformación de las patas traseras, digitígradas, o, a lo sumo, semidigitígradas.
Un animal de este tamaño, capaz de alzarse en posición bípeda, debería poseer unos miembros traseros de una conformación al menos semiplantígrada y, por lo tanto, un calcáneo situado mucho más abajo. Si, como sugiere Pascal Cazottes, la Bestia del Gévaudan pertenecía al género Hemicyon, debía pertenecer a una especie más relacionada con los plantígrados que la reconstruida por Graham Allen; una especie que quizás la paleontología no ha descubierto aún. Después de todo, una especie animal desconocida para la ciencia en estado viviente no es necesariamente conocida en estado fósil.
¿Se puede concebir dentro de un mismo género, especies digitígradas y especies semiplantígradas? Sin ninguna duda; el género Homotherium no ha producido al mismo tiempo especies totalmente digitígradas, y otras en los que sólo los miembros anteriores los son, mientras que los posteriores son plantígrados. Es de lamentar que el Sr. Marin en su informe no mencione ninguna particularidad en relación a la articulación de las patas traseras.

Queda la icnología. En un principio, lo que nos enseña vendría más bien a invalidar la tesis precedente. Las huellas dejadas por la Bestia apenas se diferencian de las de los lobos y, por ello, sugieren un animal digitígrado. Sin embargo, existe un indicio que, aunque muy débil, creo que no deber pasarse por alto. Entre todas las personalidades que vivieron el drama del Gévaudan y dejaron testimonio, encontramos al canónigo Ollier, cura de Lorcières.
En una carta dirigida al intendente de Auvergne, Ballainvilliers, el canónigo Ollier adjuntó una larga tira de papel de 6 pulgadas (16 centímetros) de longitud, sobre la que escribió "Longitud de la huella del monstruo. Quod vidi Testor". (Certifico lo que he visto). Una longitud de 16 pulgadas constituye, sin duda, una huella de tamaño considerable. Y el abate François Fabre, defensor de la hipótesis del lobo, sugiere en su libro "La Bestia del Gévaudan en Auvernia", que Ollier hizo la medición "en una huella en la que el animal se habría deslizado".

Podríamos admitir sin ninguna duda la afirmación del abate Fabre si no fuera porque, por otro lado, en su descripción de la Bestia, el canónigo Ollier menciona el siguiente pasaje "... las patas traseras más altas que las delanteras, sin garras, casi no dejan huella, excepto una especie de talón..."
Que las patas traseras estén desprovistas de garras es, por supuesto, poco probable; pero el hecho es que estas líneas ponen el acento en una particularidad de su conformación, al hacer referencia a un talón que deja una huella. ¿Y si la huella de 6 pulgadas de largo correspondía a la de la pata trasera, desde la punta de los pulpejos hasta la de la planta? Con una base de 16 centímetros, para un fisípedo del tamaño y el peso del animal abatido por Jean Chastel sería del todo factible erguirse en posición vertical.
En esta postura, un fisípedo, que midiera 97 centímetros desde el hocico a la raíz de la cola y 78 centímetros de altura en la cruz (informe del Sr. Marin) y cuya longitud del pie fuera de 16 centímetros (testimonio del canónigo Ollier), alcanzaría una altura de aproximadamente 1,5 metros. Esta estimación viene a confirmar el informe de otro testigo, el abate Trocellier, cura de Aumont, que dice: "... la Bestia se yergue sobre sus dos patas traseras, y, en esta posición agita sus dos patas delanteras, pareciendo de la altura de un hombre de mediana estatura". La expresión "de mediana estatura" es, obviamente, demasiado vaga, y para estimarla debería conocerse la estatura promedio de los habitantes de la región en el siglo XVIII.

Que una especie, perteneciente a la subfamilia de los hemiciónidos (considerada extinguida en el Pleistoceno), haya sobrevivido en Europa occidental hasta el siglo XVIII, no tendría nada de sorprendente para aquellos que estén un poco familiarizados con la historia de la zoología.
Es muy posible que aún sobrevivan hoy en día, en forma de micro-poblaciones, delante de las narices de la ciencia oficial; ¿quién puede decir a qué especie pertenecía el animal encontrado en dos ocasiones en el Var, en 1966? Y el "Waheela" canadiense mencionado por Pascal Cazottes (del que yo nunca había oído hablar y que descubrí en su libro) es quizás un hemiciónido. Los paleontólogos han identificado varias especies de hemición, una de las cuales, Hemicyon Ursinus, vivía en América del Norte.

El libro de Pascal Cazottes debería marcar un hito en la historia de la literatura dedicada a la Bestia del Gévaudan. Porque no se limita a añadir un nuevo intento de explicación a todos los que ya se han realizado. Al considerar la supervivencia de una especie animal tenida por extinguida, especie a la que pertenecerían no sólo la Bestia del Gévaudan, sino también los diversas Bestias no identificadas que esporádicamente a largo de los siglos han sembrado el terror en nuestros campos, aporta al enigma una dimensión criptozoológica. Este libro debería incitar a la emulación, al abrir un campo de investigación que hasta ahora no había sido explotado, ni siquiera considerado.

Y los autores del futuro, que a su vez se enfrentarán al problema, deben tener esto en cuenta; alinearse con el punto de vista de Pascal Cazottes, o, por el contrario, verse obligados a formular un argumento adecuado para refutarlo. Sin embargo, hay un punto en el que no comparto la opinión de Pascal Cazottes, cuando sugiere en su conclusión volver a encerrar a la Bestia en las mazmorras de pasado y dejarla dormir. Ciertamente, no es conveniente dejar dormir a la Bestia; algo que, en realidad, es de justicia, porque ella tampoco nos deja dormir.

Por el contrario, habría que seguir buscando, y volver a buscar, teniendo como lema el precepto que nos ha legado ese maravilloso escritor de una prodigiosa cultura, que fue Marcel Brion: "No es lo que somos lo que cuenta, sino lo que buscamos".

A D E N D A

DE LA BESTIA DEL GÉVAUDAN A LA BESTIA DE LOS VOSGOS

El año 1977 fue en Francia un año propicio para los amantes de los enigmas animales.
En primavera se publicaron, casi una detrás de otra, una traducción de la monografía dedicada al Monstruo del Lago Ness de Nicholas Witchell y una traducción del libro sobre monstruos lacustres de Peter Costello, presentado y prologado por Bernard Heuvelmans. Después, en otoño, apareció "Los Monstruos del lago Ness y otros" de Jean Berton.
Pero el "Bestiario insólito" no se manifestó solamente en la producción literaria y el florecimiento de monstruos acuáticos; también dio carnaza a la prensa sensacionalista, al aparecer en una zona de cría de ganado ovino, que, por lo demás, era muy tranquila, un insolente cuadrúpedo que recorría los bosques y el campo y que, entre el 28 de marzo y el 15 de diciembre, masacró cerca de 300 cabezas de ganado, y escapó a todos los intentos de abatirlo o capturarlo, antes de desaparecer tan misteriosamente como había aparecido. Porque el año 1977 fue también el año de la Bestia de los Vosgos.

La diferencia esencial, capital, entre la Bestia del Gévaudan y la Bestia de los Vosgos es que esta última nunca atacó a un ser humano. Por lo demás, con dos siglos de diferencia, la situación es casi idéntica. El mismo hábitat en el que las dificultades del terreno y los rigores invernales oponían a las batidas obstáculos insalvables: por un lado, la orografía caótica del Gévaudan, que desconcertó a hombres como Duhamel y Denneval, acostumbrados a maniobrar en llanuras; por el otro, la compacta inmensidad, casi impenetrable, del macizo de los Vosgos. Incluso la propensión diabólica del animal para esquivar todas las trampas, para escapar de todo acoso, para recorrer en tiempo récord distancias considerables para surgir y atacar donde menos se la esperaba.
Incluso el comportamiento aberrante traducido en masacres desproporcionadas con las necesidades alimentarias de un depredador que alcanzaba como mucho el tamaño de un perro grande. Y quizás también otro punto en común: no es inverosímil que la Bestia de los Vosgos también hubiera sido adiestrada y manipulada. En su libro "Los Supervivientes de la Sombra", Jean-Jacques Barloy escribe: "Es posible que la Bestia obedeciera a un silbato ultrasónico, o que fuera teledirigida con la ayuda de un aparato colocado en las orejas". Gaston Picard, sin llegar tan lejos, da a entender claramente que no descarta la hipótesis de un animal manipulado.

Después de haber trabajado durante más de treinta años en los Vosgos como profesor de técnicas agrícolas y especialista en genética animal, Gaston Picard publicó en 1989 una monografía sobre la Bestia de los Vosgos, en la que relata, con una precisión de orfebre, todo el asunto día a día y, en ocasiones, hora a hora. Para hacerlo, examinó minuciosamente todos los archivos y entrevistó a más de 400 testigos.
Por desgracia, el libro (publicado por Ediciones "La Nuée Bleue") vio la luz 12 años después de unos hechos que, mientras tanto, habían caído en el olvido, y por ello pasó prácticamente desapercibido.

Si bien en el siglo XVIII no era posible, como hoy en día, recibir en directo, al poco de ocurrir, casi cualquier acontecimiento destacado, tampoco es que las noticias circularan menos por aquel entonces.
Circulaban quizás demasiado para el gusto de Luis XV, quien era motivo de burla para nuestros vecinos del otro lado del Canal de la Mancha. En efecto, un periódico inglés publicó un artículo según el cual los campos franceses eran asolados por monstruos tales que uno de ellos, en el país del Gévaudan, había puesto en desbandada él solo a un ejército de 120.000 hombres, devorando la quinta parte de sus efectivos y, para que no faltara de nada, tragándose también las piezas de artillería.
A menudo se olvida que con la Bestia del Gévaudan, Luis XV no estaba ante su primera "Bestia Devoradora", como se decía en aquella época. En 1731, cuando aún era un joven monarca de 21 años, tuvo que enfrentarse al asunto de la Bestia del Auxerrois, y ordenó al alcalde de Auxerre pagar una recompensa de 200 libras a quien abatiera al animal.
Al igual que en lo concerniente a la Bestia del Gévaudan, se organizaron batidas (aunque a mucha menor escala), que se saldaron con fracasos. Al igual que en lo concerniente a la Bestia del Gévaudan, el asunto duró tres años; pero esta vez no tuvo un abate Pourcher que redactara la crónica. Y al igual que en lo concerniente a la Bestia de los Vosgos, el animal desapareció un buen día y nunca más se volvió a oír hablar de ella.

La Bestia del Auxerrois dejó pocos rastros en los archivos; tan pocos, que la mayoría de los autores solamente la citan de memoria y algunos ni siquiera la mencionan. No fue el caso de la Bestia del Gévaudan; y si ningún periódico francés cayó en el dudoso humor de la prensa inglesa, la Gaceta de Francia y el Correo de Aviñón no dejaron de informar de las agresiones y los asesinatos en toda su atrocidad. En esa época, los fastos de Versalles y el mantenimiento de las amantes del rey eran incomparablemente peor aceptados por el pueblo que durante el reinado anterior.
Y que un monarca, con un estilo de vida tan despilfarrador, no estuviera a la altura a la hora de acabar con el azote que asolaba una de las regiones del reino, estuvo bastante mal visto. Simplismo y maniqueísmo son las sempiternas fórmulas que permiten manejarse a las masas de todas las épocas, independientemente de su nacionalidad, religión u origen étnico. Y desde principios del año 1765 el asunto tomó el cariz de un duelo entre la Bestia y el Rey de Francia.
Fue en este momento cuando Luis XV fijó en 10.000 libras la recompensa prometida al hombre que abatiera a la Bestia (es decir, 50 veces más de lo que había prometido por la Bestia del Auxerrois). Digamos de paso que Jean Chastel, que sería este hombre, jamás vio ni rastro de la recompensa. El 15 de septiembre de 1764 el capitán Duhamel, a la cabeza de un destacamento de dragones, se pone en campaña a las órdenes del conde de Moncan, gobernador del Languedoc.

El conde de Moncan era el representante del rey en esta provincia; pero sólo el representante. Sin embargo, desde principios de 1765, los encargados que medirse a la Bestia ya no recibirán sus órdenes de un representante local del soberano, sino del soberano en persona: Denneval, cazador de lobos mayor de Francia, desde febrero; y de Beauterne, arcabucero del rey, a partir de junio. Después de los sucesivos fracasos de Duhamel y de Denneval, de Beauterne ya no puede permitirse el lujo de fallar: va en ello el honor del rey.
Y, para salvar al menos el honor del rey, el gran lobo abatido el 21 de septiembre deberá ser, a toda costa, la Bestia. Pero, como nadie ignora, el gran lobo de Antoine de Beauterne no era la Bestia; y las atrocidades continuaron durante más de un año y medio, hasta el 19 de junio de 1767. Pero, oficialmente, el rey había vencido y la Bestia estaba muerta.
Y desde entonces la Gaceta de Francia y el Correo de Avignon (que también habían anunciado el triunfo de Antoine de Beauterne) no volvieron a hablar más del tema, después de haber recibido órdenes de no hacer más alusiones a ello. En la época de Voltaire y de Beaumarchais refulgían los últimos rayos de la monarquía absoluta; pero estos rayos aún eran lo bastante fuertes como para someter a la prensa.

La actitud de los periodistas en 1977, aunque distinta a la adoptada en 1766-67, tampoco fue más honorable. Era un momento en el que las noticias viajan rápido, en el que un suceso atrapa a otro y en el que los lectores se cansan rápidamente de una información repetitiva. Qué hay más tedioso que, durante diez meses consecutivos, encontrar cada mañana al abrir el periódico, mientras se moja el croissant en el café, esa interminable letanía de ovejas degolladas. La gente del campo, aunque fuera indirectamente, se podía sentir más o menos implicada, pero la gente de ciudad…
Seguir hablando del tema, pero sin aburrir al lector, fue el reto lanzado a "la abominable venalidad de la prensa", por citar las palabras de Léon Daudet. Al haber quedado agotados los titulares escandalosos, la prensa sensacionalista comenzó a cambiar de tono reeditando el estilo panfletario adoptado por sus homólogos del otro lado del Canal de la Mancha dos siglos antes. De la pluma de estos escribientes la Bestia se fue revistiendo progresivamente de toda la parafernalia de los monstruos mitológicos, con una gran cantidad de alusiones a películas de terror, "El Baile de los Vampiros" de Polanski en particular.
Y los bosques de los Vosgos se transformaron poco a poco en la lúgubre selva de Transilvania sobre la que planea la sombra de Drácula. Desde ese momento, para completar la impostura, ya sólo quedaba rebajar a los habitantes de la región al nivel de "El Campesino del Danubio", al que La Fontaine dedicó una de sus fábulas. Esto se hizo en un artículo publicado en L'Express el 21 de noviembre de 1977, del que está extraído el siguiente fragmento: "Los habitantes de la Bresse, al sur de los Vosgos, forman una comunidad de entre 4.000 y 5.000 personas, replegados en sí mismos, que han vivido desde mucho tiempo aislados, marginados en una palabra, que tienen reacciones idénticas a las de hace doscientos años".

Además de su estupidez intrínseca, estas líneas reflejan la incorregible tendencia a afrontar sistemáticamente los problemas a la inversa. Porque no se trataba de una población rural que enfrentada a una situación concreta mostrara "reacciones idénticas a las de hace doscientos años", sino de una situación concreta que con doscientos años de diferencia se repetía exactamente. Situación que puede definirse así: intrusión en una región semi-forestal de un depredador incapturable con un comportamiento aberrante, sembrando la devastación a su paso.
Este depredador encuentra refugio en el bosque, que opone a las batidas unos obstáculos naturales casi insuperables y que, al mismo tiempo, le proporciona un hábitat en el que se encuentra como pez en el agua. Hay que añadir a esto que la Bestia de los Vosgos estaba dotada de una velocidad, una resistencia, una habilidad y una astucia excepcionales, incluso para un lobo, si es que realmente era un lobo.
La evidencia que se hacía patente y que nadie quería ver, precisamente porque saltaba a la vista (o por ser demasiado humillante para nuestra vanidad), es que para combatir a un animal así "en su terreno", estábamos tan desarmados en el siglo XX (y puede que incluso más) como los hombres de los siglos pasados. Esto, por sí solo, podría constituir el tema para un artículo.

Veintiséis batidas se organizaron contra la Bestia de los Vosgos, sumando más de 1.800 hombres (guardabosques, cazadores locales y otros, gendarmería, ejército y francotiradores).
Obviamente, esto puede parecer ridículo comparado con las batidas organizadas contra de la Bestia del Gévaudan, de las cuales, como ya hemos visto, solamente la de 11 de febrero de 1765 movilizó a cerca de 40.000 participantes, y fue, como recuerda Michel Louis, la única vez en el curso de la Historia en la que la búsqueda de un solo animal puso a tanta gente en pie de guerra.
Pero el principio sigue siendo el mismo; y el resultado también: fracaso en toda regla en ambos casos. Cuando se leen una después de otra, la historia de la batida contra la Bestia del Gévaudan en la obra de Michel Louis y la de la Bestia de los Vosgos en la de Gaston Picard, uno se queda estupefacto ante un grado tan grande de similitud que algunos fragmentos parecen casi intercambiables.

Estas similitudes subrayan aún más una sorprendente paradoja. Los efectivos del ejército y de la gendarmería que participaron en la caza de la Bestia de los Vosgos contaban entre sus filas con francotiradores, armados con sofisticadas armas automáticas, equipadas con miras telescópicas.
Sin embargo, mientras que la Bestia de Gévaudan fue derribada una docena de veces por el impacto de un disparo, la Bestia de los Vosgos jamás fue alcanzada. Es aún más sorprendente que las armas de fuego utilizadas durante la década de 1760 fueran rifles y pistolas de chispa, (casi siempre de un disparo, raramente dos), que se cargaban por el cañón y necesitaban el uso de un cuerno con pólvora.
(Las primeras armas de percusión aparecen solamente en los últimos años del siglo XVIII).

Eran armas, por tanto, de carga complicada y manejo peligroso, al no evitar la tapa de la cazoleta que, de repente, la pólvora vertida en ella fuera arrastrada por una ráfaga de viento o perdiera su inflamabilidad bajo la acción de la lluvia o la nieve.
Armas, por lo demás, muy bellas estéticamente hablando, hasta el punto de ser consideradas obras de arte y convertirse en piezas de colección, pero que, comparadas con las armas actuales, carecían de precisión. En el siglo XVIII había tiradores expertos, pero no podemos hablar de francotiradores... excepto, claro está, en las novelas de Fenimore Cooper.

Robert Dumont
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